¿Consoladores?

Quiero hablarles sobre consoladores—o mi falta de conocimiento hacia ellos.

Quiero hablarles sobre consoladores—o mi falta de conocimiento hacia ellos. Para empezar, ¿por qué chingados se llaman “consoladores”? No sé ustedes, pero a mí me suena como si insinuasen que estamos tan despechadas, abandonadas y quedadas que necesitamos un “consuelo”. Consuelo el que me dio mi madre de pequeña, no el que hoy me doy cuando me masturbo.

         Así pues, reemplazaré el término “consolador” por su traducción anglosajona: dildo. Aunque su origen es desconocido, la teoría más común es que “dildo” proviene de la palabra italiana diletto que hace referencia al “deleite de una mujer”. De acuerdo con un diccionario anglosajón de 1889, la palabra “dildo” hace referencia a “un instrumento hecho de sustancias blandas que se asemeja al pudendo masculino, usado por mujeres que poseen fuertes pasiones amatorias y que tienen que vivir vidas de celibato pues temen el embarazo de la cópula carnal” (1). Comprada. Me la quedo.

         Ahora bien, ¿qué puedo decirles sobre este enigmático artefacto usado por personas—sobre todo mujeres—de todas las edades y orígenes a través de la historia? Para ser sincera, no mucho. Nunca me he masturbado con un dildo. Mas no por falta de interés, sino porque no tengo ni puta idea de cuál comprar. Cuando le pregunté a una amiga qué dildo me recomendaba para iniciarme en el mundo mastubatorio, me respondió que dependía del tamaño de mi vulva. ¿Y cómo chingados la mido? ¿Con una regla? Otra amiga me dijo que me masturbara con la alcachofa de la ducha. ¡¿Meterme todo eso?! Le pregunté, antes de entender que se refería al estímulo de mi clítoris con el agua a presión y no a literalmente introducir la alcachofa en mi vagina.

         Debido a mi frustrante inexperiencia masturbatoria, decidí visitar una sex shop con toda la intención de emprender la búsqueda del dildo ideal, de gastarme mis ahorros en ese maravilloso aparato que me llevaría al paraíso orgásmico. Pero había tantas opciones, tantas formas, colores, tamaños, texturas, olores, sabores—que me di la vuelta y me fui. Cachonda, pero me fui. ¿Por qué no me enseñaron esto en el maldito bachillerato?

María Milé

Hallie Lieberman, The Etymology of Dildo, 2012.

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