Como (des)aprendí a comer animales.

El problema no es de las mamás ni de los papás por servirnos carne. El problema posiblemente no lo tenga nadie, o lo tengamos todos.

Para mis hermanos, esto es una moda, para mi papá es una etapa, para mi mamá una pataleta, y para mí, una tormenta cada vez más violenta que llega todos los días a la hora del desayuno, del almuerzo y de la comida.

Fotografía: Maiela Monsserrat

Hace unos meses, cuando venía de la costa con mi familia por Urabá, paramos en la finca por unos “carneritos”. Yo no sabía de esto porque a mí no me cuentan nada de los animales de la finca que se crian para la carne por “sensible” y por “mamona”. Llegamos por los carneros y les tenían lista una jaulita echa por el mayordomo en madera y mal empatada, la cual montaron en el volco de la camioneta y para que no se cagaran ni se hicieran pipí en nuestros maletines viajeros, separon todo con un plástico negro y nos fuimos. Yo iba en la mitad de la banca de atrás del carro, y si me giraba, me encontraba muy cerquita con la cara de uno de los dos carneros que iban condenados a un traslado incómodo por el mal armado de la jaula y las carreteras de Antioquia. En una de esas miradas yo me puse a llorar con la cara enrollada en un trapo, para que no me molestaran por “sensible”. Después de un rato me quité el trapo quedando en evidencia y lista para escuchar una avalancha de comentarios carnívoros. El primero en lanzarse fue mi hermano mayor diciendo: “ufff! esos carneros deben saber más bueno!”. Mi otro hermano me miró, se me acercó a la cara, hizo un mal gesto italiano con las manos, se mordió los labios y gritó: “CARNEEEE!!! SUCULENCIA!!!”. Yo me volví a esconder y siguieron un buen rato hasta que mi mamá los calló con un clásico “Ya! No molesten a la niña”. 

Llevo ya un poco más de un año sin comer carne. Tomé esta decisión cuando viví sola un tiempo en otro país y acostumbrada a comer arroz, carne, papa y maduro, compré una bandeja de pollo y mientras caminaba para mi casa sentí nervios pensando en mi enfrentamiento con ese pollo congelado y envuelto en vinipel. Llegué a mi casa, lo saqué y busque en YouTube como Cocinar un pollo. Terminé por masacrar el par de pechugas buscando como sacar al menos un pedacito que me alimentara, y mientras lo hacía me retorcía y encalambraba de asco y un poquito de tristeza por saber que ese pollo masacrado por segunda vez, no había servido para nada. Después de esa bandeja de pechugas, fui poco a poco abandonando esta idea de comer carne. Una idea que nos fue servida en un plato cuando éramos pequeños y que nadie nos preguntó si queríamos o no comernos al pollo o a la vaca que en la guardería, nos mostraban en unas ilustraciones tiernas y optimistas, donde las gallinas, los cerdos y las vacas, se veían felices en campos verdes y extensos de fondo. Y que si se les hundía un botón la vaca decía “Muuu” y el pollo “pio pio “ y el cerdo “oinc”, como si estas estampitas fueran animales felices. Mas tarde en el colegio, en clase de informática, nos sentaríamos frente a unos computadores monstruo y con el teclado duro escribiríamos despacio en google: “C-E-R-D-O”. Mientras la información carga, en nuestro cerebro estaba la imagen del marrano feliz, rosado, gordito y sonrojado que decía “oinc”. Pero google nos hace otra propuesta, y nos presenta la imagen de una bandeja con un par de medallones de cerdo, crudos, envueltos en aluminio y con un par de ramitas de cilantro encima para embellecer y antojar. Probablemente ese día en informática, alzaríamos la mano y le diríamos a la profesora: “Profe, es que google está malo”. Esa imagen probablemente no nos daría asco ni nos asustaría, porque fue lo que el día antes comimos y sería lo que nos servirían ese mismo día por la noche: El marranito sonrojado que dice “oinc”. El problema no es de las mamás ni de los papás por servirnos carne. El problema posiblemente no lo tenga nadie, o lo tengamos todos. Esto puede no ser un problema. Para mis hermanos, esto es una moda, para mi papá es una etapa, para mi mamá una pataleta, y para mí, una tormenta cada vez más violenta que llega todos los días a la hora del desayuno, del almuerzo y de la comida. Esta tormenta no nace sólo de la sensación incomoda que me produce masticar productos animales al imaginarlos encerrados, apretados, desprotegidos, heridos y muertos. Sino que también de las consecuencias globales que trae la normalización de la dieta carnívora, como es la deforestación, la alteración a los organismos de los animales con productos que nos hacen mal a los humanos, la cantidad de agua que se desperdicia por sostener la industria, las partes de los animales que no se utilizan son desechadas como si fueran menos importantes, y la velocidad inhumana con la que esta industria se mueve y crece todos los días por la gran razón que destruye nuestra empatía: La plata. 

Y es que nadie se pregunta el camino de las cosas que compramos, su origen es tan importante como su misma función. Vivimos tapándonos con trapos la cara para no ver o huir de información que sabemos qué existe y nos afecta a cada uno de nosotros. Y por estos trapos que terminan siendo una cárcel, por no querer ver, terminamos arruinando el único planeta que existe para nosotros y que nisiquiera es nuestro. Vamos por la vida pensando que el humano es el dueño del universo, cuando la naturaleza sin el hombre es mucho más grande y puede ser aun más despiadada. Deberíamos mirarnos todos en un plano horizontal y no en una jerarquía vertical. La 

cadena alimenticia cómo la propone Charles Sutherland Elton, no es un triángulo donde el hombre está en la cima, es un mapa extenso que abarca a todas las especies y que funciona perfectamente cuando no se abusa de ella y no se explota. El planeta tierra es de todos; llámese bicho, gallina, bebé humano, ternero, perro, tiburón, hombre, mujer, etc. Aunque esta idea de que el planeta es de todos, suena a cartelera de colegio o aviso mensual de la administración en los ascensores de los edificios, es bajo lo que deberíamos vivir y así mismo alimentarnos. Así lo dice Humboldt: La naturaleza es un entramado de vida, intimo y perfecto. Al hablar de naturaleza Humboldt, se incluye a él mismo y al ser un ser sensible se reduce a la fragilidad y la vulnerabilidad de todas las especies. La forma de relacionarnos con los animales y el resto de la naturaleza, se fue distorsionando a medida que la industria se desbordó, regalándonos a todos la absoluta comodidad en todos los aspectos del día a día. Ya no hay que tener una vaca en el jardín, porque ya nos la traen deshuesada al supermercado. Como hay cinco mil millones de cómodos, hay diez mil millones de vacas encerradas en un espacio para mil millones. Esto, para la mayoría de las personas es normal, lo cual hace que sea anormal, imaginarse a las vacas del mundo, pastando libres en los campos. Es muchísimo pedir que todos nos volvamos veganos o vegetarianos, pues sería buscar desesperadamente destruir un idea que se nos sirvió en un plato a casi todos los seres que hemos existido desde que fuimos capaces de masticar. Pero sí es importante y necesario informar a los que no estén al tanto de los problemas de la industria, para al menos reducir el consumo y que ya no sean diez mil vacas las encerradas, si no las que verdaderamente necesita el mundo. 

Isabel Gómez Machado

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