Nadie se escapa del trauma.

Todos viviremos el trauma en algún momento de nuestras vidas. La buena noticia es que existen herramientas terapéuticas que se han demostrado ser efectivas para sanar, y todas involucran el cuerpo.

El tiempo no cura las heridas que habitan en el cuerpo. Nosotros las curamos.

Fotografía: Valentina Andrade @veradefilm

Hay heridas que sangran en el anonimato, exiliadas en nuestros cuerpos. Se les conoce como ‘trauma’ y nos piden a gritos que las sanemos.

Trauma. Palabra que impone, agita y repele. ¿Será porque tendemos a  asociarla con eventos evidentemente traumáticos como abuso sexual, desastres naturales o conflictos armados? O con experiencias atroces etiquetadas con “T” mayúscula (por los especialistas en trauma) y que inevitablemente relacionamos con un diagnóstico de estrés postraumático. Imposible no pensar en los veteranos de guerra.

Pero se nos está escapando otra forma de reconocer el trauma que suele pasar desapercibida: aquella que la comunidad científica identifica con “t” minúscula. Es el elefante en la habitación. Es la negligencia emocional que sufrimos en la infancia, por ejemplo. Es haber jugado roles de adultos durante la niñez. Es crecer con altas expectativas bajo la presión de nunca ser suficiente. Es bullying o acoso escolar. Es una ruptura amorosa; una hospitalización. Es no habernos sentido vistos ni escuchados. Es habernos sentido invisibles. Es un historial de emociones reprimidas que dejan huella en mente y cuerpo. Ese llanto o dolor que solía ser contenido por quienes cantaban al unísono: “Sana, sana, colita de rana, si no sanas hoy sanarás mañana”. Es un golpe emocional que fue amortiguado una y otra vez con el bálsamo del “no pasa nada”, “supéralo”, “no es para tanto” o “no fue nada”.

“El trauma se ha vuelto tan común que la mayoría de las personas ni siquiera reconocen su presencia. Afecta a todos”, expresa el experto en trauma y psicoterapia corporal Peter A. Levine en su best seller Waking the tiger: Healing trauma. 

Sea que las experiencias adversas de la vida se escriban con “T” mayúscula o con “t” minúscula, trauma es trauma. Bien, pero… a ver, pausa, pausa. ¿Y qué significa trauma? En palabras de Levine: “Nos traumatizamos cuando nuestra capacidad de respuesta ante una amenaza percibida se ve abrumada de alguna manera. Esta incapacidad para responder adecuadamente “puede impactarnos en formas obvias y sutiles”, explica Levine quien es fundador del método Somatic Experiencing (SE), un enfoque terapéutico de orientación corporal cuyo objetivo es liberar el shock o la memoria emocional atascada en el cuerpo tras una experiencia traumática que no fue procesada. 

Y así, en modo automático, operamos día y noche a partir de esas viejas heridas adormecidas que conocemos como miedo, resentimiento o ira. Respondemos desde ese momento vergonzoso, sentimiento de rechazo, abandono o desesperanza que rige detrás de escenas nuestro comportamiento y modus operandi en la sociedad.

Reaccionamos ante situaciones del presente como lo hicimos en el pasado. Vivimos en modo de supervivencia porque nuestro cuerpo recuerda; lo recuerda todo. Ya lo dice el reconocido psiquiatra holandés Bessel Van Der Kolk en su  libro “El cuerpo lleva la cuenta” que concentra décadas de investigación científica sobre el trauma, su impacto en el cerebro, cuerpo, mente, e innovadores enfoques de tratamiento.

Todos viviremos el trauma en algún momento de nuestras vidas. La buena noticia es que existen herramientas terapéuticas que se han demostrado ser efectivas para sanar, y todas involucran el cuerpo. Desde ejercicios de respiración abdominal y técnicas de liberación emocional, hasta terapias somáticas enfocadas a regular nuestro sistema nervioso y a reestablecer la conexión mente-cuerpo, como la metodología Trauma Informed Yoga Therapy (TIYT), que en español se traduce como Yoga Terapéutico Informado en Trauma. 

El cuerpo es esa agrietada pared en casa que todo lo ve y escucha. La esponja que lo absorbe todo. Un testigo silencioso al que tarde que temprano le será insostenible callar emociones anestesiadas. Y es que “… las personas traumatizadas se sienten crónicamente inseguras dentro de sus cuerpos: el pasado está vivo en la forma de un continuo malestar interior”, menciona Van Der Kolk en su libro.

 Como señala el también fundador y director médico del Centro de Trauma en Brookline, Massachusetts: “siempre y cuando guardes secretos y suprimas información, estarás básicamente en guerra contigo mismo”.

Llegará ese día en el que nuestro trauma del pasado nos pedirá que dejemos de darle la espalda. Que lo abracemos con fuerza porque no es una amenaza, sino la invitación que no sabíamos que tanto esperábamos para iniciar nuestro proceso de transformación. Una invitación a bajar la guardia por primera vez en décadas, a redescubrir lo que significa vivir en paz. Todos merecemos enamorarnos de nuestra vida.

El tiempo no cura las heridas que habitan en el cuerpo. Nosotros las curamos.

Eugenia Rodríguez

Escritora de trauma y fundadora de @marente.podcast

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