¿Porno feminista?

Cuando escuché ese término me costó creer que ambas palabras pudieran estar entrelazadas.

Cuando escuché ese término me costó creer que ambas palabras pudieran estar entrelazadas pues, según mi yo feminista-amateur de veinti-tantos años, la pornografía era algo completamente opuesto al feminismo. Dicha controversia de la pornografía en el movimiento feminista alcanzó gran fervor cuando en la década de los ochenta las feministas de la tercera ola—aspirando a la libertad sexual—comienzan a participar en la industria pornográfica, desafiando a todas aquellas feministas de la segunda ola que afirmaban con firmeza que la opresión y cosificación sexual son inherentes a la pornografía.

         Después de analizar ambos debates me inclino a favor del porno por algunas razones que presentaré después de responder qué es eso de la pornografía feminista. Y no, no es porno lésbico ni sólo para mujeres. Tampoco es es “delicado” ni romántico (este pensamiento no hace más que reforzar la creencia popular de que no estamos interesadas en el sexo). La pornografía feminista es simplemente una forma de erotismo donde la mujer—y cualquiera de los participantes—es tratada como sujeto en lugar de como objeto.

         Aún recuerdo la primera vez que mi yo puberta y precoz vio un video porno. Recuerdo haberme quedado con un sabor amargo. ¿Debería haberme excitado con ese porno agresivo que me encarnaba como un simple objeto con orificios? Pasaron varios años antes de darme cuenta que el problema no estaba en mi sexualidad sino en aquella industria pornográfica coitocéntrica dirigida únicamente a hombres heterosexuales y que ignora por completo el placer femenino y aún más alarmante: el consentimiento.

         Mi mayor conflicto con la pornografía “mainstream” es la falta de consentimiento explícito tanto dentro como fuera de la grabación. Uno de los argumentos de las feministas anti-porno es justamente su conexión con la prostitución y la trata de personas. ¿Quién me asegura que aquellas actrices del porno convencional están grabando por voluntad propia? Justamente esta es una cuestión que el porno feminista, también llamado ético o alternativo, lucha por cambiar.

         Cuando hablo de pornografía feminista me estoy refiriendo a aquellas producciones eróticas que tratan a las actrices (y actores) de manera respetuosa y ética, no sólo en la ficción que representan sino también detrás de cámaras. Dichas producciones están pensadas, escritas, actuadas y dirigidas por y para nosotras (mas eso no significa que cualquier otro tipo de persona no pueda disfrutarlo). Existen vídeos de todos los estilos—hetero, bi, lésbicos, orgías, tríos o fetiches—que exhiben cuerpos que se alejan del canon—cuerpos de diferente peso, raza, orientación sexual, posición social, edad y capacidades; cuerpos que también tienen derecho a tener sexo. Básicamente, el porno feminista expone una visión más realista de la sexualidad que explora el concepto del deseo, el poder, la belleza y el placer mientras derriba las barreras de inequidad, roles de género, heteronormatividad y homonormatividad.

         Yo me inclino a favor del porno feminista por ser una expresión artística que procura la equidad de género y la justicia social. Me reclamo partidaria de la pornografía feminista por explorar la sexualidad de una manera más diversa, placentera, inclusiva y consensual; de una manera más humana.

María Milé

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